martes, 14 de agosto de 2018

Sala de hospital


Cogito ergo sum (Puerto La Cruz)-.  Por lo general la sala de un hospital es un sitio poco satisfactorio, en él observamos a familiares desesperados, nerviosos, a personas llorando y pacientes que se debaten entre la vida y la muerte, no obstante la situación empeora si hablamos de los hospitales venezolanos.

En los centros asistenciales del país tenemos una grave situación. Y con esto no quiero venderme como el descubridor del agua tibia, sino por el contrario unirme al clamor de miles de usuarios que no encuentran soluciones a sus males en los centros de salud de la nación.

Hospitales sin insumos médicos, centros donde un trozo de algodón vale oro. Esto es la herencia de dos décadas de un modelo socio-económico que manejó el mayor número de recursos de la historia nacional, pero que en la práctica despilfarró todo entre las fauces enormes de un sistema corrupto.

En las salas de los hospitales venezolanos vemos negligencia, dolor, desdén, impotencia y el esfuerzo de más de un médico y enfermeras que, a pesar de sus bajísimos ingresos económicos, se debaten día a día contra la muerte.

Enfermarse en este país es un lujo. Hace unos días en la sala de hospitalización común del Instituto Venezolano del Seguro Social ubicado en el sector barcelonés de Las Garzas, pude constatar el estado paupérrimo de la salud venezolana.

Allí las condiciones de trabajo del personal de salud son degradante. No hay agua en los baños, no hay comida para suministrarles a los pacientes, y aquellos que tienen la responsabilidad de cuidar de los enfermeros deben pedir hasta el más insignificante de los insumos a los familiares de los hospitalizados, porque allí no tiene  absolutamente nada.

En  tres días pude constatar la muerte de no menos de 7 pacientes. ¿La razón de los decesos? Fácil, falta de medicamentos. Más de un paciente se muere porque sus dolientes no consiguen o no pueden adquirir tan o cual medicina para aliviar los males de sus seres queridos.

El llanto que se escucha en esas salas es una mezcla de tristeza y frustración. En los nosocomios venezolanos pudimos percibir como la indolencia del Gobierno nacional llega a unos niveles enfermizos, grotescos y sencillamente inhumanos.

Es en la sala de los hospitales donde podemos observar el real dolor de una población que está totalmente golpeada. Un pueblo que está sumergido en  medio de un lodazal de problemas que cada día se acumulan más por la terquedad de un modelo económico que no quiere admitir lo que todo el pueblo sabe, lo que el mundo reconoce, es decir, su absoluto y deprimente fracaso.

Desde estas líneas solo me resta rezar por aquellos venezolanos que están enfermos, y hacer lo que pueda hacer para ayudar a aquellos que lo necesiten. Los venezolanos debemos ser hoy, más que nunca, solidarios con nuestros hermanos que padecen por un modelo inhumano.

Espero que nadie tenga el sinsabor de acudir a un hospital, porque la respuesta será desalentadora. Y, tampoco, en los centros de salud privados, porque además de ser extremadamente costosos no tienen insumos suficientes y sus servicios son totalmente deficientes.

Solo nos queda cuidarnos. Enfermarse es un pecado.


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