martes, 7 de agosto de 2018

La espalda del mundo


“Human Rights Watch (HRW) instó a Brasil a que no le dé la espalda a quienes huyen de Venezuela”, así se leía en un conocido portal de noticias venezolano la información sobre la posición de la organización de defensa de los Derechos Humanos.

Venezuela por muchos años fue albergue, casa, puente y hospedaje de miles de colombianos, peruanos, ecuatorianos, portugueses, españoles, italianos, árabes, chinos, trinitarios, entre muchísimas nacionalidades más.

En nuestro país se recibían con los brazos abiertos a todo el mundo. Aunque es moralmente correcto admitir que sí llegó un punto que habían muchos colombianos, y no sólo eso sino que izaban hasta la bandera en su país es los territorios “colonizados” denominados Barrios Colombia, que creo que deben existir pocas ciudadanos venezolanas donde no exista una comunidad con este nombre.

Y sí, a veces nos molestamos un poco cuando los chinos del abasto hablaban entre ellos en mandarín, voltean te veían y se rían. Sí, obviamente molesta. No obstante, para el venezolano el emigrante era un venezolano más.

¿Cómo vivir sin el portu de la panadería? Sin él el barrio no sería el barrio. ¿Cómo vivir sin el italiano de la zapatería o el de restaurante? Ellos eran parte de nuestra venezolanidad.

¿Quién iba a vendernos ropa fiada si no era el árabe, que por cariño llamábamos “el turco”? Ellos eran parte de nuestra Venezuela, de nuestra tierra de nuestra esencia como nación.

¿Cuántos venezolanos no tienen vínculos con colombianos? Y aún hoy vemos en las calles de las grandes ciudades a transeúntes que caminan como si nada llevando la camiseta amarilla de la selección de Colombia. Y ni hablar de los bolivianos que se paraban con sus flautas a entonar las melodías de su tierra, las cuales siempre aglutinaba a decenas de personas a su alrededor.

Así éramos nosotros. Bondadosos. Sin embargo los tiempos cambiaron, ya no son los bolivianos, colombianos, peruanos o europeos que llegan a Venezuela, sino que somos los venezolanos los que empacamos nuestras vidas en un par de maletas y nos enrumbamos a otras tierras.

En muchas partes hemos sido recibidos con cariño. Es innegable que la política de apertura hacia los venezolanos aplicadas por Mauricio Macri en Argentina y de Sebastián Piñera en Chile son importantísima, no obstante este no son todos los casos.

El primer ministro de Trinidad y Tobago, Keith Rowley, dijo que “no seremos un país de refugiados” en alusión a la cantidad de venezolanos que han optado a esa lista como destino. Lo cual es injusto, porque en su momento muchos trinitarios llegaron a Venezuela, muchos de los cuales se ubicaron en el estado Bolívar y allí hicieron su vida.

El gobierno de Brasil cerró la frontera con Venezuela, gracias a Dios que una corte carioca decidió a favor de los Derechos Humanos, y ordenó que volviera a abrirse el paso entre ambas naciones.
Lo cierto es que a pesar de las buenas acciones de algunos, pareciera que los venezolanos estamos viendo las espaldas de un continente que ve nuestro pueblo como invasores.

Y para ser justos, en algunos casos sus miedos son justificados. Lo sucedido en Perú donde fue capturado un grupo de delincuentes venezolanos, en verdad nos deja muy mal parados a todos nosotros, y lo peor, afecta a ese hombre o mujer que emigra para trabajar y forjarse un futuro mejor.

Ojalá que los tiempos cambien, y que la diáspora nacional se detenga, y los aeropuertos pasen de epicentros de despedidas a templos del reencuentro.


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