martes, 1 de septiembre de 2015

Aquellas bodeguitas

Cogito ergo sum-.  “Hijo, ve a comprar un paquete de pasta en la bodega”, decía aquella madre en la puerta de su casa, pegando alaridos para lograr la atención de su muchacho que se encontraban jugando metras en un terreno cercano.

Aquel jovenzuelo, aún de pantaloncitos cortos, salía como “alma de lleva el diablo” para encontrarse con su “viejecita” y hacerle el mandado.

O tal vez era cuando el padre, en una tarde sabatina, pegado a la mesa de dominó y en medio de las risotadas de sus compadres llamaba “Mijo, ¿Dónde se metió en carricito éste?… Éjele, mijo venga para acá. Se me va ahoritica mismo para la bodega y me trae una cajita de fósforo para prender la candela para el sancocho”.

En aquellos días, cuando éramos felices y no lo sabíamos, la bodega era un centro de acopio vecinal donde se encontraba de todo un poquito, “como en botica pues”.

Allí, en esas bodegas, los muchachos se gastaban los pocos bolívares que conseguían barriendo frentes, limpiando carros o haciendo “mandaos”.

Eran “salvadoras de vida” para las amas de casa que le hacía falta algún ingrediente para completar la receta que estaba haciendo para la comida de los “muchachos”.

Inclusive, más de uno pudo comprar material escolar para hacer la maqueta del colegio que le asignaron hace dos meses atrás y que iba a hacer apenas 10 horas antes de presentársela a la maestra.

Esas bodegas de pueblo, de barrio o de las periferias de las urbanizaciones fueron pequeñas iniciativas comerciales de emprendedores que por las ventanas de su negocio despachaban productos para ganarse la vida y progresar en el trayecto.

Las bodegas fueron expresiones del afán de trabajo de los venezolanos, parte de nuestra cultura y de la forma afable que teníamos para vivir.

Hoy son simples despojos de lo que alguna vez fueron. Hoy las estanterías de las bodegas se encuentran vacías, y los sueños de los comerciantes rotos y el barrio donde está enclavado con muchos más problemas que hace 16 años atrás.

Hoy las bodeguitas que hacían a sus dueños emprendedores, y pequeños propietarios sucumbieron ante el avance destructor de un socialismo que siempre aniquila los sueños de progreso y desarrollo de todo aquel que piensa que con su esfuerzo puede vivir mejor y darle a sus hijos lo que tal vez él no pudo tener.

En este momento los muchachos siguen saliendo para la bodega, pero no traen de regreso nada entre sus manos.

Aquellos días de beber refresco frío con dulces en la bodega pasaron, se fueron con las ilusiones de un pueblo que confió en una revolución que revolucionó la vida de todos para mal.

La desaparición de las bodeguitas de pueblo trae consigo la mejor demostración que dentro del socialismo la destrucción de las esperanzas es sistemática y efectiva, seguramente lo único realmente efectivo en este pensamiento político.

Pero la nostalgia no vale para nada. Arrepentirnos tampoco. Es el momento de avanzar y de cambiar.

Este seis de diciembre todos los venezolanos tenemos la oportunidad de reinventarnos, de evolucionar dejando atrás esta realidad madurista que día a día nos sumerge en el lodazal de la miseria.


El cambio se logra votando.

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