miércoles, 27 de marzo de 2013

Días santos


Cogito ergo sum-. Es ahora cuando la humanidad recuerda la pasión de Cristo, cuando todos los cristianos del mundo sean católicos, ortodoxos, protestantes, o del rito oriental, todos nos unimos en una sola oración agradeciéndole  a Nuestro Señor su misericordia y amor profundo al enviarnos su único hijo para que se sacrificara por nosotros, lavando con su sangre nuestros pecados.
Estos días deberían ser de recogimiento espiritual, de realizar encuentros íntimos con Dios, deberían ser la ocasión precisa para alabar al Señor por toda su generosidad, pero por el contrario estos días de asuetos religiosos se han convertido en oportunidad para el desenfreno, la inmoralidad y demás debilidades de la carne.
Los venezolanos producto de nuestra sangre caliente y nuestro espíritu caribeño somos joviales y bochimcheros, pero sin dejar de serlo deberíamos utilizar estos momentos sagrados para pedirle a Dios por nuestro país que atraviesa un momento muy difícil de su historia y que por tantos años ha estado a merced de una división social y política que nos ha venido desangrado sostenidamente.
En estos días santos cuando Jesucristo se entregó por completo a los designios del Padre, quien lo dio todo de sí por el perdón del pueblo de Dios, son los momentos ideales para  desarrollar un ejercicio de reencuentro nacional, es la hora indicada para dejar tan sólo por unas horas nuestras diferencias políticas y humanas y unirnos en nuestra símil devoción cristiana.
El país entero, para no decir el globo terráqueo, está cansado de tanta guerra y odio entre hermanos, está sinceramente hastiado de la confrontación que hemos creado los hombres, por ende, es la actual circunstancia y el momento justo para hacer un mea culpa y rogarle a Dios Altísimo que ilumine el camino de la unión entre los venezolanos, apartando la fractura o brecha que existe hoy uniéndola como un todo tan monolítico y sólido como una piedra angular.
Esta nación que fue llamada por Cristóbal Colón “Tierra de Gracias” posee más allá de las bondades naturales de Dios le entregó, un Don, una gracia superior y es, sin temor a equivocarme, la unción del mismísimo Espíritu Santo, porque no existe otra explicación a que por encima de los miles de males ocasionados por los hombres este pedazo de tierra de América del Sur siga siendo un reducto de felicidad y de bienestar. Sólo el Señor puede hacer esto y sólo su poder y bendición es capaz de mantener firme a algo o alguien tan golpeado y ensangrentado.
Les volveré a pedir, desde esta mi humilde trinchera, que recen mucho, que oren detenida y fielmente a Dios, porque es Él quien nos sacará de la actual situación que padecemos los venezolanos, porque será su amor infinito, su entrega y perdón eterno lo que nos guiará por la senda correcta.
Le deseo a cada uno de ustedes apreciados lectores una feliz Semana Santa y la más profunda de las bendiciones para ustedes, sus familiares y amigos; no olviden jamás que Dios es el amor más grande que existe y en Él encontraremos todas las preguntas y todas las respuestas.
Qué Dios santísimo y alabado los acompañe siempre y que escuche todas las plegarias que ustedes les envían. Le pido, antes de cerrar estas breves líneas, a Dios Todopoderoso que bendiga a nuestra Venezuela y que tome Él el timón de este barco para que nos lleve a todos a puerto seguro. Amén.

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